top of page
Logo MV.png
  • 2
  • 5
  • 3
  • 4
  • 6
  • 7

Cuando la vida sigue, aunque estés cansada

hace 23 minutos
6 min de lectura

Últimamente he estado pensando mucho en el cansancio. Y no me refiero solamente a ese cansancio que sentimos después de un día largo, cuando lo único que queremos es llegar a casa, ponernos ropa cómoda y acostarnos a dormir. Me refiero a ese cansancio que se va acumulando por dentro, casi sin darnos cuenta. Ese que no siempre desaparece después de una buena noche de sueño.


Porque, seamos honestas, hay días en los que una quisiera tener unas horas más en el día, un poquito más de energía, una mente más tranquila y, si fuera posible, una pausa de todas las responsabilidades que parecen estar esperándonos al mismo tiempo.


Y últimamente puedo hablar de esto desde un lugar mucho más personal.


Soy mamá primeriza de un bebé de 10 meses y, aunque amo profundamente esta etapa y no cambiaría por nada muchas de las cosas que estoy viviendo, también tengo que reconocer que estoy más cansada de lo que estaba antes.


Mi bebé está creciendo, gatea por toda la casa, tiene muchísima energía y cada día parece traer una nueva etapa. Ahora le están saliendo los dientes, así que hay noches en las que se despierta más seguido o tiene algún malestar. Y mientras él está descubriendo el mundo, yo también estoy descubriendo esta nueva versión de mí: la de ser mamá.



Y claro, algunas noches no duermo como antes.


Pero la vida no se detiene porque mamá esté cansada.


Al día siguiente sigue el trabajo. Siguen las responsabilidades de la casa. Siguen los pendientes, los compromisos, los mensajes, las decisiones y todo eso que forma parte de nuestra vida.


Y creo que ahí es donde he comenzado a entender este tipo de cansancio de una manera diferente.


Y quizás muchas de ustedes están viviendo algo parecido, aunque su temporada sea completamente diferente.


Porque ser mujer muchas veces significa vivir con una lista mental que nunca termina.


Mientras estás trabajando, estás pensando en lo que hace falta en casa. Mientras estás atendiendo a tus hijos, recuerdas ese correo que tienes pendiente. Mientras compartes tiempo con tu esposo, quizás una parte de tu mente sigue repasando las cosas que tienes que resolver mañana. Y cuando finalmente tienes un momento para ti, en lugar de descansar, comienzas a pensar en todo lo que no alcanzaste a hacer.

¿Sientes que tu mente necesita recuperar tranquilidad?


También puedes leer nuestro blog Un corazón quieto en un mundo ruidoso, donde hablamos sobre pensamientos, silencio, límites y cómo volver a encontrar descanso en Dios.

¿Te ha pasado?


A mí me parece que, en ocasiones, nos acostumbramos tanto a funcionar en medio de todas nuestras responsabilidades que dejamos de preguntarnos cómo estamos realmente.


Seguimos. Cumplimos. Resolvemos. Atendemos. Contestamos mensajes. Hacemos planes. Cuidamos de otros. Y cuando alguien nos pregunta cómo estamos, respondemos casi automáticamente: “Bien, gracias a Dios”.


Y sí, gracias a Dios.


Pero también hay días en los que estamos cansadas.


Y creo que también necesitamos aprender a decirlo sin sentirnos culpables.



Amar tu vida no significa que nunca te canses de ella


Hay algo que quiero que recordemos: podemos estar agradecidas por nuestra vida y, al mismo tiempo, sentirnos agotadas por las exigencias que hay dentro de ella.


Podemos amar profundamente a nuestros hijos y necesitar un momento de silencio. Podemos amar a nuestro esposo y reconocer que el matrimonio también requiere tiempo, atención y energía. Podemos sentirnos agradecidas por nuestro negocio, nuestro trabajo o nuestros estudios y, aun así, tener días en los que todo parece demasiado.


Una cosa no cancela la otra.


Y creo que esto es algo que estoy aprendiendo en esta nueva etapa de maternidad.


Puedo mirar a mi bebé y sentir una gratitud inmensa por tenerlo en mi vida, y al mismo tiempo admitir que estoy cansada.


Puedo disfrutar sus risas, sus ocurrencias, verlo gatear por toda la casa y emocionarme con cada cosa nueva que aprende… y también desear, de vez en cuando, dormir una noche completa.


Las dos cosas pueden existir al mismo tiempo.


Pero la gratitud no nos hace inmunes al agotamiento.


Pienso en cuántas mujeres viven tratando de cumplir con cada uno de sus roles, intentando ser buenas madres, buenas esposas, buenas profesionales, buenas amigas, buenas hijas y mujeres que también cultivan su relación con Dios.



¿En qué momento comenzamos a exigirnos tanto?


Me he preguntado si parte de nuestro cansancio viene de todas las cosas que hacemos o también de las expectativas que hemos aprendido a llevar sobre nosotras mismas.


Queremos que la casa esté en orden, que nuestros hijos estén bien, que nuestro matrimonio siga creciendo, que nuestro negocio avance, que nuestros proyectos den fruto, que nuestras amistades no se descuiden y que nuestra vida espiritual permanezca firme.


Y si algo se queda atrás, nos sentimos culpables.


Si trabajamos mucho, sentimos que estamos descuidando a nuestra familia. Si dedicamos tiempo a nuestra familia, pensamos en todo lo que dejamos pendiente del trabajo. Si nos tomamos una tarde para descansar, quizás aparece esa vocecita que nos recuerda que podríamos estar aprovechando el tiempo en algo más productivo.


¡Qué agotador puede ser vivir intentando estar en todas partes y hacerlo todo bien!


Quizás el problema no siempre es que nos falten horas en el día. A veces, también necesitamos revisar las expectativas que hemos puesto sobre nosotras mismas.



¿Y dónde queda Dios en medio de todo esto?


Esta es una pregunta que también me hago, porque cuando hablamos de cansancio como mujeres cristianas, a veces podemos sentir que deberíamos tener más fuerzas, más paciencia o más capacidad para sobrellevarlo todo.


Oramos. Leemos la Palabra. Confiamos en Dios. Y seguimos adelante.


Pero nuestra fe no significa que dejamos de ser humanas.


En Mateo 11:28, Jesús hace una invitación hermosa: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar”.


Siempre me llama la atención que Jesús no hace esta invitación solamente a quienes tienen todo resuelto, a quienes han cumplido con sus responsabilidades o a quienes se sienten fuertes. La hace a los cansados y cargados.


A quienes necesitan descanso.


Y quizás una de las cosas más importantes que podemos aprender en nuestra relación con Dios es que no tenemos que presentarnos delante de Él fingiendo que podemos con todo.


Podemos llegar cansadas. Podemos llegar con preguntas, con preocupaciones, con la mente llena de pendientes y el corazón necesitando un respiro.


Podemos decirle: “Señor, hoy estoy cansada. Necesito de ti. Necesito sabiduría para reconocer qué debo atender, qué debo soltar y qué ya no puedo seguir cargando de la misma manera”.


También podemos recordar que descansar no es falta de fe, y pedir ayuda no es señal de debilidad.


¿Te cuesta encontrar tiempo para Dios durante el día?


También puedes leer nuestros blogs, donde hablamos sobre pequeñas oraciones, trayectos, tareas del hogar y maneras reales de incluir a Dios en la rutina.



Quizás hoy no necesitas hacer más, sino aprender a escucharte


No tengo una fórmula perfecta para esos días en los que las responsabilidades parecen multiplicarse. Tampoco creo que exista una solución sencilla para todas las temporadas de cansancio que atravesamos.


Hay responsabilidades que no podemos abandonar de un día para otro. Hay hijos que necesitan de nosotras, cuentas que pagar, proyectos que terminar y compromisos que cumplir.


Pero quizás sí podemos comenzar por algo pequeño: dejar de ignorar lo que estamos sintiendo.


Preguntarnos cómo estamos de verdad. Reconocer cuándo necesitamos una pausa. Hablar con alguien de confianza. Pedir ayuda en casa. Dejar de llenar cada espacio libre de nuestra agenda. Permitirnos tener un día en el que no todo quede perfecto.


Quizás también necesitamos recordar que somos más que todo lo que hacemos.


Y si hoy estás atravesando una de esas temporadas en las que sientes que llevas demasiado sobre tus hombros, quiero recordarte algo: no tienes que esperar a romperte para darte permiso de descansar.


Y no tienes que sentirte culpable por ser una mujer que también necesita ser cuidada.


Tu bienestar importa. Tu paz importa. Tu relación con Dios importa. Y la mujer que existe detrás de todos esos roles también merece tiempo, atención y cuidado.


Así que hoy quiero dejarte con una pregunta, una que también quiero seguir haciéndome:


¿Estoy viviendo tratando de cumplir con todo lo que necesito hacer, o estoy aprendiendo a cuidar de la mujer que soy mientras lo hago?



Que Dios nos enseñe a vivir con propósito, sí, pero también con sabiduría. A amar y cuidar de quienes nos rodean, sin olvidarnos de nosotras mismas. A ser responsables sin exigirnos perfección. Y a recordar que, aun en medio de una vida llena de responsabilidades, siempre podemos acercarnos a Él y encontrar descanso para nuestra alma.


Con cariño,

Diana Blanquel

Directora de Mujeres Victoriosas


Comentarios


bottom of page